Fábulas Zarigüeyiles – Tomo 1: La Reforma Laboral

Don Braulio dobló el periódico y lo dejó sobre la mesa de caoba de su despacho. Lucía una sonrisa triunfal en la cara, como alguien que acaba de dar caza a la madre de Bambi, o que sabe exactamente qué va a hacer este fin de semana con la fulana que conoció en el bar del casino. Se palmeó la tripa, envuelta en una camisa de seda, y tamborileó con sus dedos en la madera del escritorio. Con un solo giro de su silla de cuero, tomó el auricular de su teléfono.

– Señorita Gómez, llame a mi presencia a Martínez, Ribalta y García, por favor.

Una voz joven y servil respondió algo ininteligible desde el otro lado y colgó. Don Braulio se arrebujó en su sillón mientras giraba con sus dedos uno de sus tres anillos de oro. Pasados tres o cuatro minutos, un par de hombres de mediana edad y una señora algo mas mayor (“madurita”, que diría Don Braulio en sus reuniones sociales de la patronal) se personaron en el despacho. Los varones parecían nerviosos, y uno de ellos no paraba de balancearse sobre sus pies mientras el otro miraba todo cuanto había a su alrededor. La veterana aguardaba con las manos entrelazadas en su regazo, con la misma expresión de rutina que usa para hablar con los clientes por teléfono. Don Braulio se levantó aparentando hacerlo trabajosamente y se abrochó el botón central de su chaqueta.

– Señores, y señora, disculpen por haberles interrumpido en sus quehaceres, pero debo comunicarles algo de suma importancia. – Don Braulio les miraba alternativamente a los tres. Uno de los hombres adoptó una expresión asustadiza. -Como probablemente sepan, la firma que todos nos esforzamos en hacer prosperar pasa por momentos azarosos… – Don Braulio agachó la cabeza para dar pesar a sus palabras, pero apenas podía contener la sonrisa – y en reunión con Contabilidad y con Recursos Humanos, lamento comunicarles que hemos de tomar ciertas decisiones que…

– Pero Don Braulio – Le interrumpió uno de los hombres – Los beneficios del último trimestre…

– Beneficios, beneficios…- El patrón fingió contrariedad – Si ustedes tuviesen la mitad de responsabilidades que yo sabrían que los beneficios no lo son todo, y hay otros factores…

– Perdone, señor – se adelantó tímidamente la veterana – La semana pasada estuve hablando con Conchita de contabilidad y me dijo que las cuentas eran…

– Conchita de contabilidad sabe cuáles son las cuentas y no le convendría propagar rumores falsos – Sentenció Don Braulio, aunque en su mente pensaba “contabilidad hará lo que sea menester que haga”, que en muchas ocasiones equivalía a “se hará lo que yo diga” – El caso, señores y señora, es que no me queda más remedio que reajustar la plantilla, y para ello lamentablemente debo acometer una serie de despidos.

Los dos hombres palidecieron y se miraron. La señora frunció el ceño, pero no dijo nada. Finalmente fue uno de los hombres, el que parecía menos asustado, el que le puso valor al envite.

– Don Braulio… – comenzó dubitativo – no puede despedirnos así. Hay un convenio, y la ley que ampara al trabajador…

No pudo acabar la frase. Su jefe se contorsionó hacia atrás en una sonora carcajada que permitía ver sus dientes y encías.

– ¿La ley? ¿los convenios? – dijo mientras se secaba las lágrimas con un dedo – Usted no ha visto la televisión ultimamente, ¿cierto, Martínez?

– ¡Es un despido improcedente a todas luces! – dijo la señora con los puños apretados – ¡Y voy a exigir mi indemnización!

Don Braulio se recreó en la situación. Esperaba resistencia, y más de la insolente señora García. “Se piensan que porque llevan 20 años en la empresa están en condiciones de exigir”, se dijo el patrón.

– Bendita reforma electoral – dijo Don Braulio mirando al cielo – que comprende al empresario y nos facilita la labor de mantener nuestras empresas abaratando la salida… – miró muy serio a la señora García – Veinte días, García. Y dé gracias de que tenga tan buena disposición hacia usted por sus años en la empresa. – García se quitó las gafas y apoyó la frente en su mano.

-Pero, jefe, yo… – el hombre que aún no había dicho nada se manifestó – mi mujer está embarazada y ella fue despedida hace unos meses…no puedo…

-Ande ande, Ribalta – Dijo Don Braulio mientras palmeaba la espalda de su ex empleado y le conducía a la puerta – Si le va a quedar un “parito” bueno, y cada vez hay más comedores de Cáritas abiertos. ¿No ve que la crisis es muy gorda y muchas empresas van a la ruina?

Uno tras otro, abandonaron el despacho. La última fue la señora García, que antes de salir se permitió encarar a su ahora antiguo empleador.

– Me informaré en el sindicato. Esto no queda así.

Don Braulio le cerró la puerta en las narices.

– Mira que miedo me da tu sindicato, vieja cerda. – masculló el jefe. Seguidamente, se volvió a dirigir a su teléfono.

– Gómez, llame a Montoya, Navarrete y López, y rapidito.

Don Braulio aguardó mirando por la ventana con las manos en la espalda. Observó a un mendigo que pedía en la puerta del supermercado. Se preguntó cuantos de éstos despojos dormirían en cajeros y por que demonios no se buscaban un trabajo.

Los siguientes tres empleados llamaron a la puerta, y sin esperar respuesta, pasaron al despacho. Don Braulio se giró despacio, de nuevo con una sonrisa, mientras se pasaba la lengua por los dientes.

– Pasen, pasen. Debemos hablar de su continuidad en la empresa.

Los nuevos empleados se sobresaltaron. Eran tres hombres jóvenes, apenas recién contratados. De camino al despacho de su jefe, habían oído a la señora García despotricar sobre su repentino despido y temían que ellos fueran los siguientes.

– Verán, jóvenes. La empresa pasa por momentos económicos difíciles, y nos hemos visto obligados a acometer ciertos despidos. No, no se sobresalten. Como saben, valoro mucho el empuje y vitalidad de la juventud, y estoy seguro que ustedes tres serán un activo muy importante para nuestra entidad…

Los tres jóvenes se miraron y sonrieron nerviosos, pero aliviados.

– …por ello – continuó Don Braulio – a partir de mañana trabajarán diez horas más a la semana para compensar nuestras recientes pérdidas. Oh, y deberán acudir también los fines de semana. – El jefe sonrió con toneladas de cinismo. – Es el momento de remar todos a la vez y sacar la cabeza con trabajo y esfuerzo.

Los jóvenes se quedaron atónitos. Miles de pensamientos cruzaron su cabeza simultáneamente. Uno de ellos adquirió una expresión sombría.

– Don Braulio, – se adelantó éste último – imagino que habrá un incremento salarial o más días de vacaciones…

El patrón liberó una segunda carcajada que le hizo llorar de nuevo.

– ¡No diga tonterías, Montoya! Les acabo de decir que estamos con el agua al cuello. Conténtense con que conservan el trabajo. ¿Alguna pregunta más?

Los empleados quedaron callados con una expresión de ira contenida. Sólo uno de ellos se atrevió a alzar la voz.

– Es inadmisible. Por ley no podemos trabajar mas horas de las estipuladas, es un atropello a nuestra vida personal.

– Y otro tonto con la ley – suspiró Don Braulio – ¡Que eso ha cambiado, nenes! Nos han dado carta blanca para hacer lo que estimemos conveniente, y lo que estimo conveniente es lo que les digo. Si no les interesa, siempre pueden recoger sus pertenencias y salir del edificio. Puedo prescindir de tres trabajadores y aún me quedan 4.999.997 haciendo cola para entrar. Ustedes verán.

El joven que habló en último lugar se volvió y cogió la puerta para salir, mientras susurraba un “Hijo de puta” a suficiente volumen como para Don Braulio lo oyera. Éste no dio muestras de haberlo escuchado. Los dos empleados restantes permanecieron inmóviles hasta que su jefe les despachó con un gesto de su mano. Salieron muy despacio y sin mirar atrás.

Don Braulio se quedó solo en su oficina. Se dejó caer sobre su sillón de piel, abrió un cajón de su mesa de caoba y sacó un habano de una cajita. Le quitó un extremo mientras prendía el otro y volvió a llamar a su secretaria.

– Señorita Gómez, esta tarde no me pase más llamadas, voy a estar ocupado. Por cierto, no es necesario que venga a partir del lunes. Voy a contratar a una becaria en prácticas para cubrir su vacante.

La muchacha no respondió nada. O quizás si lo hizo, pero Don Braulio colgó a toda prisa sin esperar contestación. Con el habano en los labios, tomó el periódico que había estado leyendo un rato antes. En la primera plana había fotos de los políticos que habían aprobado la reforma laboral. Don Braulio se echó hacia atrás y se fumó su puro con una gran sonrisa en su cara.

– Qué gusto da – pensó en voz alta – Irse a casa con el deber cumplido.

Advertencia: El anterior relato puede pecar de exceso de maniqueísmo en lo referente al retrato del empresario, los trabajadores y las relaciones entre ambos. Lo que sí es cierto es que, lamentablemente, ésta situación se dará en más de una empresa, por lo que no se considera un relato de ciencia ficción. Disfruten de lo votado.

"Señorita Grant, consígame una foto de Spiderman. Me da igual que seamos una empresa de conservas de atún; consígala o le despido."

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Published in: on febrero 14, 2012 at 9:26 pm  Dejar un comentario  

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