La llamada del Imam

Cuando anduve por Egipto hace unos cuantos años, recuerdo que el Nilo no me causó una especial impresión. Una masa de agua opaca, ya desprovista de grandes reptiles y presumiblemente de alta toxicidad no resultó suficiente para horadar mi espíritu como suelen hacer las grandezas insondables y en ocasiones abrumadoras de la naturaleza, o en un país como éste, una historia de miles de años a las espaldas.

Sí recuerdo, no obstante, algo que quizás a cualquier otro turista habría pasado por alto o no le hubiese dado mas valor que el que se percibe. Me encontraba en taciturna soledad, entrando a un estado especial de relajación, sobre la cubierta del barco que surcaba el gran Nilo, a una hora indeterminada cerca de la puesta del Sol y con un brebaje espirituoso, acaso el responsable de mi conciencia de supra-percepción. De repente, se empieza a oír un canto, sin saber muy bien de dónde venía. A ese canto, de ritmo constante y variable, se le unieron otros tantos desde diferentes puntos. Alcé la cabeza y me dí cuenta de la causa de aquello. Los distintos imanes de todas las mezquitas cercanas a la orilla del Nilo habían trepado a sus minaretes y llamaban a la oración auxiliándose con megáfonos. O quizás fuese una grabación, poco importa. El espectáculo sonoro de la recitación de versos del Corán simultáneamente desde ambas orillas del río en el momento de descanso y reflexión que otorga el cielo anaranjado del ocaso, agotada la algarabía de la tarde y en sumo silencio, tuvo un importante peso en mí en ese instante. Naturalmente no podía entender lo que decían, pero sabía que era algo bueno, que convocaba a los fieles al recogimiento y a apartarse durante unos minutos del trajín diario. Entonces el Islam me resultó una creencia milenaria, respetable, capaz de tocar la sensibilidad de alguien dispuesto a escuchar sin entender las llamadas de los imanes, por el mero hecho de observar la unidad que se desprende de esa religión con respecto a sus fieles. Y es una de las anécdotas que más cuento de mi periplo egipcio.

Quizás por ésa experiencia tan positiva estos días me sienta decepcionado con el Islam. Trato de comprender que en todas las religiones del libro hay grupúsculos, sectas, que interpretan los escritos de forma equívoca o conveniente a según que intereses; pero no acabo de encontrar la reflexión. No soy capaz de entender la causa por la que aquella religión que me causó una fascinación inolvidable es hoy la que alberga el mayor y más despiadado sector de extremistas carentes de todo razonamiento que no pueden albergar la mínima tolerancia para comprender que no todos los países son musulmanes y que a veces se utilizan palabras propias del islam sin ánimo de escarnio. Ahora, quizás contaminado por los medios de comunicación, siempre manipuladores y la voz de los poderosos, el Islam se me antoja una religión tiránica, irreflexiva, con el propósito de cambiar el mundo a su favor pero incapaz de tolerar un pequeño cambio en su seno. Y mi decepción es aún mayor cuando observo que los diferentes líderes religiosos musulmanes, supuestamente integrados y moderados, no mueven un dedo para acabar con éstos movimientos radicales dentro de su propia casa, quizás por miedo a recibir un zambombazo de ésta pandilla de bárbaros inclementes. O tal vez porque cuando dicen rechazar la violencia, lo hacen con la boca pequeña.

Me causa sincera tristeza, pues ya no podré contar mi bonita experiencia en el Nilo con los imanes de las mezquitas sin ensombrecer mi semblante y pensar “…y lo que es ahora…”

"Algo me dice, Yusuf, que mi piscina mola más que la tuya..."

Published in: on septiembre 20, 2010 at 9:01 pm  Dejar un comentario